La importancia de un Cine Club El amor por el cine es un hábito que tiene culpables.

El amor por el cine no es congénito, pero puede ser hereditario debido a lo que Lamarck, en su teoría evolutiva, llamó transformismo. o la creación de caracteres  secundarios adquiridos individualmente que se desarrollan por la utilización repetitiva de un hábito definido, tanto que se hace hereditario. Exactamente eso fue lo que me pasó con el cine, y estoy segura de que a muchos de ustedes también.

Mi abuela materna junto a mis tías,  y mi abuelo paterno por su lado, asistían muchísimo al cine, mis padres se cortejaban viendo películas en el cine Candelaria de Valencia, iban dos o tres veces a la semana a los distintos cines de la ciudad y, continuaron con ese hábito después de tener hijos, prácticamente crecí en la sala en claroscuro y los autocines, que en los 70, eran un punto de encuentro familiar. Crecí con ese hábito instaurado, pero mis padres a pesar de ser cinéfilos, no se habían adentrado en los vericuetos del lenguaje cinematográfico, los culpables de ese otro hábito son otros personajes, a quienes les  agradezco profundamente.

Uno de esos culpables es Rodolfo Izaguirre, hablar con Rodolfo Izaguirre, cinefilo, crítico de cine, articulista, presidente de la Cinemateca Nacional durante casi 20 años y conductor de un programa de televisión llamado Cinemateca del Aire por la Televisora Nacional ¿Lo recuerdan?  Es toda una aventura, placentera por demás, ya que me conectó no solamente con el cine que me gusta, también me enseñó a valorar el el cine nacional en su justa dimensión, si no con los basamentos del cine, sus precursores, su lenguaje, sus movimientos, los principales directores. En fin, con todo lo que conlleva el arte cinematográfico.

Tuve la dicha de coincidir con Don Rodolfo, en un eeminario sobre el arte que organizaron en Valencia, y pudimos conversar largamente sobre el cine, con una vertiente diferente, qué significa el cine para un exhibidor de películas poco comerciales, que bien puede ser el presidente de una Cinemateca, un presentador de un programa televisivo o una cineclubista cualquiera como yo.  Pero si no hubiera existido un programa como Cinemateca del Aire, tal vez yo nunca hubiera llegado a cineclubista, así como tal vez algún crítico o cineasta no hubiera llegado a conocer ese otro tipo de cine.

Y esa fue una de las inquietudes que planteamos en la conversación ¿Qué importancia tiene una Cinemateca o cualquier otro centro de cultura cinematográfica?  Y es que según Don Rodolfo, es muy difícil medir una actividad como esa, ya que se puede cuantificar la actividad ¿Cuántos espectadores asistieron a una función cualquier? Lo difícil es medir qué significó esa película para un espectador determinado. ¡Uy! imagínense ¿cómo explicar lo que sentí viendo la secuencia en la que Fitzcarraldo hace “navegar” un barco de vapor por el medio de la selva? O mejor aun, el momento en el que vi la reacción de unos niños al ver por primera vez una película de  alguna escena de El chico de Chaplin, allí siempre  pasa algo importante entre los exhibidores de películas no comerciales y su público.

Gracias a  la conversación, Rodolfo Izaguirre y yo pudimos  darnos cuenta de que esa conexión que se establece entre el exhibidor y los espectadores, esa chispa que se produce en cualquier ser humano sensible  que ve la secuencia final de Cinema Paradiso en la sala a oscuras de la Cinemateca o de cualquier Cine Club,  sencillamente es poesía, una especie de poesía muy particular, y es que nuestro trabajo produce un algo internamente poético y por eso nos podemos sentir orgullosos, esa es parte de la importancia de cualquier centro de cultura cinematográfica, inclusive de un Cine Club Universitario.

Esa posibilidad de brindarle al espectador la alternativa de acceder al arte, esa posibilidad de torcer el rumbo de una vida, cuántos posibles ingenieros o abogados decidieron otro destino gracias o por culpa de una película determinada, o por la asistencia continuada a las funciones de la Cinemateca Francesa. Como le ocurrió al querido Rodolfo, que se fue a París a estudiar derecho en La Sorbona y terminó embrujado por las sombras mágicas del cine y a él dedicó su vida. Porque, como bien saben, las película son un trabajo en equipo, y no sólo hacen cine los guionistas, productores, directores y actores, dentro de esa cadena también forman parte los exhibidores.

Y a partir de esa premisa, valdría la pena preguntarse ¿Sería el cine venezolano lo mismo si no hubiera tenido el apoyo, casi irrestricto de los centros de cultura cinematográfica? Porque si bien es cierto que aun no se ha producido en el espectador venezolano el “transformismo” de la teoría de Lamarck en sus gustos cinematográfico para que así puedan sentirse más inclinados hacía las producciones nacionales, no es menos cierto que sin las salas de arte y ensayo, las cinematecas y los cine clubes, sencillamente sus preferencias cinematográficas seguirían netamente orientadas hacia el cine hollywoodense que sigue detentando casi con descaro una hegemonía devastadora.

Evidentemente, esto se debe, según Rodolfo Izaguirre,  en gran parte a que a más de ciento veinte años de su creación, el cine venezolano todavía no se ha consolidado, aunque hay películas que dejan huellas perennes en el espectador, no son la mayoría, e incluso muchas de las mejores no son del gusto del gran público que asiste a las salas comerciales de cine. Es por eso que los circuitos alternativos de cine conectan a los autores cinematográficos, sobre todo venezolanos y latinoamericanos, con el público.

Hasta ahora, el cine nacional ha tratado de mantenerse a flote, a pesar de la grave crisis socio económica, de los últimos cinco años, y a las crisis políticas de los últimos dos. Ya que no se podrán estrenar entre veinte y treinta títulos nacionales como en el año 2015, un año excepcional, en relación con los siguientes. Y al estrenar tan pocas películas venezolanas, en comparación con las cinematografías mexicana o argentina, no podemos hablar de un verdadero cine venezolano. Entonces, seguirán tratando  las salas alternativas de crear el hábito y de ser las culpables de que los espectadores sigan creyendo en la magia que produce la imagen en movimiento. Y es así como el Cine Club Ingeniería UC, al arribar a sus 40 años, seguirá proyectando arte, conocimiento y entretenimiento.

 

 

 

 

 

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